El primer día de clase: Más allá de las normas, una oportunidad para conectar
Después de 20 años en la docencia, sigo pensando que ese primer encuentro es una oportunidad para algo mucho más importante: crear confianza, conectar con el alumnado y transmitirles que aprender también es cuestión de esfuerzo, compromiso y acompañamiento.
En este artículo comparto algunas reflexiones sobre cómo podemos empezar el curso desde una mirada más humana, entendiendo que detrás de cada alumno hay una persona con sus propias circunstancias, capacidades y retos.
Porque quizá enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en conseguir que nuestros alumnos quieran aprender.

Comienza un nuevo curso con caras nuevas: compañeros, profesores, educadores y un sinfín de retos tanto académicos como personales. Sin embargo, hay algo que, a menudo, permanece inmutable en esos primeros días: la charla tradicional sobre cómo se impartirá la asignatura, las normas, los libros, y los métodos de evaluación. Pero, ¿qué pasaría si cambiáramos ese guion por una forma más cercana y humana de empezar? Puede que, desde el primer encuentro, el alumno se sorprenda y que, ya en ese primer “set”, hayamos ganado su confianza.
Después de 20 años en la docencia, cada primer día de clase sigo sintiendo alegría y me enfoco en lo esencial para que mis alumnos entiendan que quien les habla no está para complicarles la vida, sino para facilitar su aprendizaje. Mis frases favoritas para romper el hielo son: “Nos ha tocado aguantarnos mutuamente unas horas, así que depende de nosotros que sea bien o mal. Si hay respeto mutuo, todo fluirá con facilidad.”
Otra que siempre desconcierta, pero que hace pensar, es: “Yo no pongo la nota, la ponéis vosotros. Por eso, hoy la nota es un 10 y el trabajo consiste en mantenerla durante todo el año.” Son palabras sencillas que, sin embargo, impactan porque muchos alumnos nunca las han escuchado. Les muestra que el educador está ahí para sacar lo mejor de cada uno, pero que el esfuerzo para mantener ese rendimiento depende de ellos.
Luego está la cuestión del aprobado, esa mítica cifra del 5. ¿Es realmente aprobado para todos? En mi experiencia, no necesariamente. Es fundamental valorar quién es el alumno y el esfuerzo que ha dedicado para llegar a esa nota. El aprobado no debería ser un número rígido solo, sino una medida en el contexto del compromiso y la superación personal.
Y, por supuesto, están los exámenes: esas pruebas evaluativas necesarias, sí, pero que no deberían ser el único juez del aprendizaje. Un detalle que muchos docentes no consideran es el momento en que se programan, especialmente después de puentes o festivos. ¿Quién quiere poner un examen justo después de unos días pensados para descansar, organizarse o disfrutar con la familia? Lo responsable es entender que esos momentos son clave para que el alumno se recargue, y no un momento para añadirle estrés innecesario.
En definitiva, estos son reflexiones acumuladas en dos décadas de experiencia docente. No pretendo ser la voz absoluta de la verdad, pero sí me invitan a cuestionar si, en ocasiones, hacemos las cosas pensando verdaderamente en el alumno y en su realidad.
Como decía Albert Einstein:
“La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado lo que aprendió en la escuela.”
Tal vez, entonces, el reto inicial no sea imponer normas o exigir tareas, sino sembrar un vínculo humano que motive a aprender de verdad.



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