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El peso de los extremos: ¿por qué regalamos el aprobado y escatimamos la excelencia?

30 jul
3 min de lectura

Actualizado: 31 jul

Evaluar nunca ha sido una tarea neutra ni puramente matemática. Detrás de cada calificación hay una intencionalidad pedagógica, una postura ética y, en muchos casos, un reflejo de nuestras propias contradicciones como educadores. En esta entrada abordamos una realidad incómoda pero constante en las aulas: la enorme brecha que existe entre la empatía que desplegamos para facilitar el aprobado y la rigidez inflexible con la que custodiamos la máxima nota.


Llevo tiempo dándole vueltas a una paradoja que respiramos a diario en las salas de profesores y en el aula, pero de la que pocas veces hablamos con total honestidad.


Ocurre al corregir. Al poner la nota final de la evaluación.


Cuando un alumno está en un 3, nos faltan manos para buscar el modo de subirlo al 5. Buscamos el trabajo de recuperación, valoramos la actitud, apreciamos el esfuerzo, la progresión, el "es que lo ha intentado". Y ojo, me parece bien. Ayudar a quien lo necesita y rescatar al que se queda atrás forma parte del ADN de la docencia.


Pero, ¿qué pasa en la otra esquina de la clase? ¿Por qué pasar de un 9 a un 10 se convierte en un calvario de regateos, exigencias extremas y matices absurdos?


De repente, para poner un 10 parece que el alumno tenga que haber redactado el documento fundacional de la NASA o tener la madurez de un premio Nobel. Si comete un fallo mínimo, lo penalizamos con una firmeza que jamás aplicaríamos abajo.

La paradoja es tremenda: por abajo empujamos; por arriba frenamos.



Los alumnos no son ingenuos (y lo ven perfectamente)


A veces pensamos que la pedagogía es invisible, pero el alumnado detecta estas incoherencias al vuelo. Saben perfectamente quién recibe el salvavidas y quién se topa con un techo de cristal.


Cuando ven que el esfuerzo en la franja baja se premia con flexibilidad, pero el esfuerzo en la franja alta se fiscaliza al milímetro, el mensaje implícito que les enviamos es devastador: alcanzar la cima no merece la pena porque la regla del docente cambia según dónde estés.


¿Resultado? Desmotivación. Alumno brillante que decide apagarse, conformarse con el 8 o el 9 y no dar un paso más, porque sabe que la distancia entre su 9,2 y el 10 depende más de la rigidez del profesor que de su propio trabajo.


Si defendemos que la equidad en la educación es dar a cada uno lo que necesita, tenemos que entender que el empujón también lo necesita el que busca la excelencia. No hacerlo es una forma silenciosa de abandono.


El mito del 10 sagrado


Parte del problema es la mitificación de la nota. Para una gran mayoría de docentes, el 10 representa una "perfección" inalcanzable. Pero la perfección no existe en el aprendizaje.

Para mí, un 10 no es la excelencia absoluta; es una herramienta de motivación.

Un 10 es el reconocimiento a un camino bien recorrido. Es valorar el rigor académico, sí, pero también la calidad humana, el compromiso profesional, la superación personal y la actitud mantenida durante el curso. Si un chaval se ha dejado la piel, ha demostrado madurez y ha cumplido con nota en lo técnico y en lo humano... ¿por qué nos cuesta tanto soltar la máxima nota? ¿Qué guardamos con tanto celo? ¿Acaso nos quitan puntos a nosotros si los repartimos?


¿Y si cambiamos el punto de partida?


Durante varios años he puesto en práctica un pequeño experimento al empezar cada evaluación. El primer día les digo a todos en clase: "Hoy, cada uno de vosotros empieza la evaluación con un 10. Vuestro trabajo a partir de ahora no es escalar para conseguirlo, sino cuidarlo, mantenerlo o acercaros lo máximo posible a él."


El cambio de chip en el aula es automático.


Psicológicamente, no es lo mismo sentir que partes de cero y que la cima está lejísimos (o reservada para "los listos"), que sentir que la confianza ya está depositada en ti desde el minuto uno y que solo tienes que defenderla. Las palabras y la forma en que planteamos la evaluación construyen o destruyen la motivación de un grupo.


Una llamada a la reflexión


No se trata de regalar notas por regalar ni de devaluar el criterio técnico. Se trata de ser justos y coherentes en toda la escala.

Si somos capaces de mirar a un alumno con dificultades y ver su potencial por encima de sus fallos para llevarlo al 5, hagamos el mismo ejercicio de empatía con quien roza el 10. No les pongamos trabas por el simple miedo a "premiar demasiado". La ayuda, el reconocimiento y la motivación deben ser democratizados: deben llegar al que sufre para aprobar y al que vuela para llegar a lo más alto.

A lo mejor ha llegado la hora de perderle el miedo al 10 y empezar a usarlo para lo que realmente sirve: para encender vocaciones y premiar el esfuerzo de verdad.

 
 
 

1 comentario

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Excelente manera de enfocar hacia la motivacio!

Muy buena reflexión para los docentes

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